Para que me duela

acercas mi mano a la alumbre;

te acercas mi mano a la lumbre,

y quemas. 


Llevas la cerilla prendida

con dos dedos sobre la cabeza.

Prometeo de la virilidad,

dos pasos y languidece tu marcha,

se te queman los dedos

por prender una nueva,

por usar la siguiente. 


Un nuevo fuego que oscurezca

todas esas llamas que has tirado. 

Coges las cerillas,

las frotas,

las prendes.

Se consumen con espasmos de regocijo,

chisporrotean

todas tuyas,

hasta que se te resbalan de las manos.


Accionas los fósforos

con franco desprecio al incendio,

sin miedo a vaciar la caja.


Con las manos del ilusionista sacas otro par,

te sacas otro par —te las arrancas—:

El sombrero, 

la sonrisa, 

los guantes

y el sistema circulatorio entre las manos.

Ahí llevas las arterias expuestas,

las cerillas goteando. 

Buscas la combustión que te abrase. 


Rascas hasta tallar tus dedos

en lo que nunca será

la hoguera de tu propia casa. 


Encender todos los fuegos

es sólo otra forma de invidencia. 







Imagen de Adamdachis en Foter.com/CC BY